
Buscar como photos de Lagrima Luna
El hombre, con su infinito ingenio, con su infinito poder de construcción y de destrucción, con su posición crítica eternamente despierta, inconforme, aficionado a ponerlo todo en entredicho, ha empezado a preguntarse, de pocos años a esta parte, si el libro (¿por qué no observa su asombrosa proliferación en el mundo?...) no es un instrumento de difusión de la cultura ya ineficiente y llamado a ser sustituido por medios de información más directos, más conformes a sus posibilidades significantes, más completos y multiperceptivos, ya que éstos asocian lo auditivo con lo visual, la música con la imagen y la palabra, con una insuperable rapidez de análisis de un caso, de un hecho, de un conflicto, que la letra impresa en tomo, en volumen, no podría alcanzar en cuanto a “inmediata actualización de su transcurso”.
De ahí las perturbadoras y arbitrarias teorías favorecedoras de la tesis según la cual más poder tienen, culturalmente, el cine, la radio, el periodismo, la televisión, que más parecen hablarnos, informarnos, inquietarnos, en cincuenta minutos, una hora, una hora y media, que el libro, la novela, el ensayo que, nacidos de seis, siete años de trabajo, nos imponen –en el tiempo que nos dejan nuestras ocupaciones cotidianas, nuestro panganar– una lectura y meditación de varios días. “Voire”, como hubiese dicho Panurgo, lanzando sus borregos al inmenso mar de las hipótesis.
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A ello podrá responderse que subsiste el terrible problema de los países subdesarrollados, donde enormes masas de seres humanos son incapaces de escribir su propio nombre en una hoja de papel. Pero esto atañe ya a otro problema, problema de educación intensiva y masiva que tiene que plantearse desde el momento en que el niño pronuncia las primeras palabras de su idioma. Y ese problema no se resuelve con libro más o menos, ni tiene La Divina Comedia papel que desempeñar, por ahora, donde la posesión de un puñado de arroz o de un mendrugo de pan es la cuestión que debe resolverse hoy mismo, sin dilaciones que suelen ser motivo de vergüenza para los hombres de nuestra época. Pero ese problema lo conocen todos, aunque algunos se hayan hecho el innoble propósito de ignorarlo. Ahí la ecuación no se define en términos de cultura, de lecturas, sino de sistemas.
Si hay hambre de lectura –es totalmente cierto– en los países desarrollados, hay, no tan lejos, hambres de lectura... Y ante esto, no desempeñemos el papel burlesco de la noble dama de Proust que, durante la guerra de 1914-1918, tenía, como máxima preocupación, la de que su panadero le entregara, cada mañana –a pesar de las restricciones– los bizcochos que eran el adorno y encanto de su desayuno tomado prudentemente antes de la lectura de un periódico que hubiese podido traerle malas noticias sobre la posición de los ejércitos aliados en los frentes.
Alejo Carpentier: Ensayos selectos. Editorial Corregidor
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-118364-2009-01-16.html
Sería redundante pretender inventariar una vez más la interminable cantidad de atrocidades cometidas por Israel en Gaza, juicio este que es avalado inclusive por personas e instituciones que durante décadas le brindaron su más irrestricto respaldo. Este mismo periódico ha reproducido la opinión de gran cantidad de testimonios e ilustrado a sus lectores con brillantes análisis sobre esta verdadera tragedia para la humanidad, desatada con la complicidad de Estados Unidos y la tradicional hipocresía europea. La nota de Juan Gelman (“¡Mentira! ¡Mentira! ¡No tiene perdón!”, del 15 de enero) desbarata con una evidencia abrumadora el argumento según el cual la actual masacre de Gaza (y digo masacre, porque no se trata de una guerra sino de una carnicería) sería una respuesta defensiva ante los ataques, por cierto que también inadmisibles, de Hamas.
La barbarie perpetrada por el régimen de Tel Aviv reconoce pocos antecedentes en los últimos tiempos: el bombardeo estadounidense con napalm a las aldeas campesinas vietnamitas, la “limpieza étnica” de Milosevic y algunas pocas aberraciones más. Es difícil encontrar ejemplos parecidos. A lo que más se parece es a la infame y cobarde agresión que el régimen nazi y su aliado fascista en Italia descargaron sobre Guernica. Como en esa pequeña ciudad vasca, en Gaza se produce una matanza indiscriminada de mujeres y niños, bajo la falsa acusación de que eran todos terroristas, desmentida una y mil veces, para eterna condena de sus perpetradores, por las miles de fotografías que circulan por todo el mundo. Se nota que el régimen israelí aprendió muy bien de su patrón estadounidense las malas artes de las mentiras y los engaños. Esas fotografías demuestran los inauditos alcances del genocidio y la saña con que lo practican las fuerzas armadas israelíes. Se destruyen escuelas, universidades, hospitales y, apenas ayer, la propia oficina de las Naciones Unidas en Gaza. Se prohíbe el ingreso de periodistas practicándose una descarada censura de prensa y se sellan las puertas de esa ciudadela para impedir la llegada de toda ayuda humanitaria privando a la población de Gaza de alimentos y medicamentos esenciales.
Esta salvajada sólo podría ser vívidamente retratada por un genio como Pablo Picasso, cuya pintura del horror que padeció Guernica es un testimonio imperecedero que condena inapelablemente y hasta el fin de la historia a sus malditos agresores. Lamentablemente hoy no tenemos un Picasso, pero las imágenes que con valentía se han podido tomar y difundir tienen una conmovedora elocuencia que ya está sacudiendo el espíritu de millones en todo el mundo. Y en Israel mismo, son cada vez más los ciudadanos que aborrecen los crímenes que en su nombre comete un gobierno que junto con su protector, financista y proveedor de armamentos, Estados Unidos, se ha convertido en uno de los mayores terroristas del planeta y una amenaza para la humanidad y, sobre todo, para el pueblo judío. No es exagerado calificar a los indignos y malignos gobernantes de Israel como auténticos herederos de la barbarie nazi, que también asesinaban indiscriminadamente para aterrorizar a la población; que también buscaban asegurarse su “espacio vital” para garantizar la impunidad de sus acciones; que también masacraban con su superioridad militar a poblaciones indefensas, y que también mentían, como recomendaba Goering, porque de tanto hacerlo creían que esas mentiras se convertirían en verdades.
Es doloroso constatar la involución del Estado israelí, tan lejos hoy de los sueños de grandes pensadores judíos, como Martín Buber, que lo imaginaron como la realización de un original modelo socialista. Un Estado a cuya ilegitimidad de origen se le agrega ahora una ilegitimidad aún mayor, emanada de la carnicería practicada sobre una población civil indefensa que obliga a preguntarse cuán democrático puede ser un Estado que perpetra tales crímenes. Ilegitimidad de origen, decíamos, no porque el pueblo judío no tenga derecho a tener su Estado, pues ese derecho es indiscutible y Hamas debe reconocerlo sin más dilaciones. Pero ilegitimidad porque se erigió robando tierras a otro pueblo al que también le asiste el mismo derecho. El acuerdo entre el colonialismo británico y el imperialismo norteamericano que al final de la Segunda Guerra Mundial se tradujo en la creación del Estado de Israel fue posible porque, ante la debilidad del mundo árabe, pudo apropiarse para Israel de un territorio que no era sólo suyo sino que se compartía con los palestinos. Este despojo está en la base del interminable conflicto que desangra a la región y que sólo se agrava con el correr de los años. Si no ha habido paz durante más de medio siglo no ha sido por algún problema coyuntural o por la limitación de algún funcionario o gobernante de Israel o de Palestina. No hay paz, ni podrá haberla, mientras no se ponga fin a ese despojo territorial creando, junto al Estado de Israel, un Estado palestino dotado de un territorio propio, geográficamente contiguo y viable económicamente. La abrumadora superioridad militar de que hoy dispone Israel es una garantía muy frágil para su supervivencia cuando se la examina desde el prisma de la historia. Por eso, sus cobardes halcones, patéticos discípulos de Hitler, son los peores enemigos del pueblo judío. Pero ya hay algunos indicios de que un sector creciente de la ciudadanía israelí se está percatando de esta aberrante situación y comienza a protestar contra la agresión a Gaza y a exigir una política más sensata, y acorde con las mejores tradiciones del pueblo judío, para llegar a una solución definitiva de este sangriento conflicto.
* Politólogo.